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Crítica / Un Mahler conmovedor y apoteósico - por Abelardo Martín Ruiz

Madrid - 02/04/2025

El pasado miércoles, día 26 de marzo, tuvimos la ocasión de presenciar el primero de los dos conciertos consecutivos, correspondientes al ciclo de La Filarmónica, que la orquesta musicAeterna, bajo la dirección de Teodor Currentzis, ofreció en el Auditorio Nacional de Música de Madrid. La obra escogida para esta primera puesta en escena fue la Segunda sinfonía de Gustav Mahler, contando como solistas con la soprano Sophia Tsygankova y la contralto Maria Barakova, así como con el Coro Ibercamera, dirigido por Mireia Barrera.

La propuesta comprendió el desafío de ofrecer una de las composiciones trascendentales de la producción sinfónica mahleriana, en su pretensión de construir un mundo con todos los medios técnicos a su disposición y en el que toda expresión tiene cabida en su espacio. El inconmensurable despliegue de estas creaciones, demostrativas de una pretenciosa y esplendorosa gran orquestación, no carece, no obstante, de un estilo cuidado y refinado, caracterizado por un amplio abanico de cualidades procedentes del ámbito de la música de cámara que se adscriben a una escritura sutil, elegante y de una transparente claridad. La partitura plantea preguntas de trascendencia humana como el sentido de la dicotomía entre la vida y la muerte, albergando la esperanza en una resurrección conducente hacia la inmortalidad. Estos sentimientos son reflejados en esta segunda concepción sinfónica del compositor austríaco mediante los poemas San Antonio de Padua predicando a los peces, Luz primera y la oda Auferstehen (Resucitarás) de Friedrich Gottlieb Klopstock.

La magistral representación en la evolución, el desarrollo y el tratamiento de la escritura sinfónica orquestal que comporta esta obra encontró a unos magistrales intérpretes en la conjunción de la orquesta musicAeterna y la entregada dirección de Teodor Currentzis. La energía, la vitalidad y la elegante gestualidad del músico griego, aunque nacionalizado ruso, se mantuvo constantemente repleta de agógicas, dinámicas, matices, colores, planos, frases, direcciones y cuantos parámetros pretendamos considerar en el fenómeno musical, fundamentando su visión en un concepto de sonoridad dinámica y cambiante, adaptada a la acústica y a la resonancia tanto del espacio como del tiempo en el que se desarrolla su actividad, y siempre conectada con un discurso sobrecogedor e inspirador, repleto de la riqueza afectiva, emocional, pasional y sentimental que caracteriza este acto de creación de todo un mundo sinfónico anteriormente mencionado.

En esta atmósfera de apasionada inspiración y penetración en el entramado, la agrupación musicAeterna demostró erigirse como un combinado preeminente en el ámbito internacional, de auténtica referencia con relación a otros completamente consagrados en un panorama sinfónico contemporáneo que alterna continuamente la tradición y la modernidad. En este sentido, la agrupación rusa mostró una formidable calidad técnica, heredera de un siglo XX que proporcionó exuberantes instrumentistas procedentes de ese entorno, especialmente en las secciones de la cuerda frotada, en combinación con un sentido de cercanía, unidad y sensibilidad colectiva para con una interpretación que, considerando su fastuoso temperamento, así como su íntimo y maravilloso lirismo, se mantuvo próxima a las versiones paradigmáticas registradas de estas sinfonías.

La perspectiva musical y el planteamiento de la sonoridad permanecieron vinculados en todo momento a la concepción casi programática que Mahler concibió en sus partituras. En este aspecto, el primer movimiento pudo definirse como expresamente tempestuoso y arrebatador, con un fundamento textural perfectamente establecido desde las secciones de la cuerda, con buenas intervenciones de los instrumentos de viento y con unos tempi de naturaleza ligera, ajustados adecuadamente a la dirección de un camino cuyo recorrido describe los sentimientos de vida, de lucha, de sufrimiento y de voluntad que se producen ante la presencia del féretro de la persona amada. En las propias palabras del compositor, este inicio de incertidumbre y de preguntas ante los sentidos de la vida y de la muerte buscan respuestas inquietas, formando parte de un planteamiento en el que la agrupación y su director generaron magníficos contrastes entre el dramatismo arrebatador de buena parte de esta extensa forma y los períodos de mayor introspección romántica, vinculadas generalmente a los sentimientos más íntimos y a los recuerdos vulnerables de un evocador pasado.

La construcción arquitectónica de los tres movimientos siguientes, a la manera de unos interludios, ofrecieron destacados contrastes entre sus planos, registros y dimensiones, preservando constantemente la calidad técnica y musical del conjunto.

El segundo movimiento, en el que el compositor alude a su período de juventud, con una acusada morfología a medio camino entre los recuerdos inocentes y la incertidumbre ante el porvenir, se encontró determinado por una formidable propuesta dinámica de exquisito resultado y por la elaboración de transiciones entre secciones y timbres de un particular cuidado, manteniendo la elegancia en la gestualidad y en la concepción de una estructura formal que conectó con la más auténtica tradición vienesa.

El tercer movimiento, relacionado con los cuestionamientos tanto personales como sobre la existencia de la divinidad que convierten a la vida en una suerte de espectro confuso, fue acometido desde la preservación de una naturaleza característica de los movimientos más desenfadados de danza, una circunstancia a la que el propio Currentzis es proclive como consecuencia de su envergadura y de la ausencia de empleo del podio para hallarse al mismo nivel que los instrumentistas, fomentando una pretensión de entendimiento de la orquesta como un amplio conjunto de música de cámara. Sin renunciar al fundamento lírico, romántico y sentimental del combinado, esta sección ofreció los períodos de mayor naturaleza popular y humana, haciendo un especial énfasis en la elaboración de un diseño melódico con ciertas reminiscencias a la esencia mediterránea y al origen judío del propio autor. La transición culminante de este movimiento propiciaría su magistral conversión en un cuarto de absoluta introspección y espiritualidad, como indica su título de evocación de la primera luz, Urlicht, haciendo patente la dicotomía entre lo terrenal del pasado y lo celestial del presente.

El inspirador texto en la conmovedora voz de Maria Barakova, de sutiles colores y amplia proyección natural, propició, con su articulada dicción, percibir claramente el sentido de unas palabras que conectan su significado con la creencia acerca de cómo la fe resuena en el alma de los seres humanos.

Como conclusión, el majestuoso quinto movimiento retornó el discurso al temperamento tempestuoso inicial, configurado por cuestionamientos y preguntas en torno al anuncio del Juicio Final y a la resonancia de la Gran Llamada del Apocalipsis, para la que, en este aspecto, resulta necesario hacer una observación concreta a la magnífica disposición y al correcto equilibrio mostrado por los instrumentos de viento metal fuera de escenario, que hallaron la sonoridad distante que se plantea en este tipo de efectos.

El conjunto ofreció un excelso apoteosis sinfónico a una interpretación sobresaliente en todos los aspectos técnicos y artísticos, con un sentido discursivo perfectamente determinado en cada una de las secciones, con intervenciones individuales particularmente destacables en cada uno de los miembros correspondientes y con una esencia sonora de considerable personalidad y absoluta calidad.

El sentido de temeridad y de anhelo se transformó progresivamente a través de las intervenciones de la soprano Sophia Tsygankova, con un precioso colorido en sus registros, magistralmente empastadas y equilibradas con las del Coro Ibercamera, que demostró un formidable nivel en la calidad de la afinación y la proyección de todos sus integrantes, primero sentados y posteriormente levantados, pudiendo hacer mención a una especial preponderancia y resonancia de las voces de las cuerdas masculinas. Con la evolución del conjunto, y la progresiva incorporación a la sala de los instrumentistas fuera del escenario, la voz solista complementaria y el órgano, el recorrido se dirigió hacia su apoteósica terminación, alcanzando su epicentro antológico, colosal y liberador de toda la energía acumulada en torno al concepto de la resurrección y a un triunfo heroico de la vida sobre la muerte.

Esta apoteosis de colosales dimensiones puso el punto y final a una espléndida velada, en la que, parafraseando al propio Mahler, apareció la maravillosa luz celestial, todo quedó en tranquilidad y prevaleció un omnipotente sentimiento de amor que nos iluminó con su sabiduría y buenaventura. Confiemos, en pleno siglo XXI, en poder hacer nuestros los deseos de este genio del sinfonismo posromántico.

Abelardo Martín Ruiz

 

Orquesta musicAeterna.

Coro Ibercamera.

Sophia Tsygankova, soprano.

Maria Barakova, contralto.

Teodor Currentzis, director.

Sinfonía número 2 en do menor, “Resurrección” de Gustav Mahler.

Auditorio Nacional de Música, Madrid.

 

Foto © Rafa Martín

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