¿Qué decir sobre Nathan Laube al órgano del Auditorio Nacional en esta multitudinaria mañana de sábado, Bach, vermut y CNDM?
Lo primero que, si no ha podido estar en su presentación en este popular ciclo (Bach-vermut), que aprovechen la primera ocasión que tengan para escuchar a este magnífico organista.
Aún su relación sea meramente tangencial con el territorio de este monumental instrumento (de toccata, fuga y poco más; quiero decir), no le va a defraudar en modo alguno; no ya por virtuosismo o por cierta vistosidad mesurada, sino por su musicalidad general en (además) una estimulante elección de programa.
Pero, mucho más aconsejable es si su relación es estrecha, de estudiante, de maestro o profesional del instrumento. Toda una lección de interpretación y aún de composición misma, con arreglo propio, virtuoso en sí (ya de principio: el concepto mismo al margen de su pulcra realización), verdadera “orquestación” al instrumento por el vértigo y precisión de las técnicas empleadas (especialmente en Liszt).
Vayamos paso por paso, porque este alarde lisztiano no llegará sino en la tercera y última de las obras propuestas esta mañana. El camino presentaba antes dos estancias bastante más habituales. Dos estancias al servicio mismo del sufrido títular de ciclo: Bach.
La Pasacalle en do menor de Bach funciona con plenitud en esta posición inicial, por su sucinto planteamiento inicial en el bajo (tan escueto y severo) y el progresivo desarrollo paulatino (sin prisas pero sin pausa). Con moderación, en un tempo hoy que permitió cierta expresividad y un permanente fraseo, enlazó las diversas diferencias de la Pasacalle con una fuga presentada con sutil aceleración.
Una cuidada articulación tanto en los manuales (un non legato barroco característico, claro y distinto) como en un pedalier siempre preciso y en puntas en estas dos obras bachianas.
El coral Dies sind die heiligen zehn Gebot (Éstos son los Diez sagrados mandamientos), del Tercer libro del Clavier Übung, fue un punto de articulación del concierto entre la severidad trascendente de la Pasacalle barroca y la otra “trascendencia romántica” de la Sonata de Liszt.
Aquí llegó el alarde instrumental, fronterizo con el pianismo decimonónico. El arreglo del propio organista de la, trascendental en su repertorio, Sonata para piano en si menor de Franz Liszt.
Un empleo más ágil de timbres, imaginativos, con virtuosismo en las transiciones, pero sin eludir nunca el sentido de la forma y la proporción.
Mayores fluctuaciones de tempo cuando interesan climas enigmáticos, líricos o enmarañados, con suaves (y complicadas de realizar al órgano con pedal expresivo y la oportuna elección de registros) gradaciones dinámicas que emulan el piano original de la pieza.
Precisión y velocidad en el pedal con trinos temáticos rematados en breves y virtuosos diseños escalisticos (en un pedalier de tempi y figuración exigente, aún ya en pleno uso romántico de, tanto punta como talón).
Un ingenioso empleo de digitaciones y teclados para buscar, por ejemplo, el legato que daría el tradicional pedal de resonancia del piano en los tradicionales gestos arpegiados de la mano izquierda, con técnicas de brazo e, incluso, alternadas.
Por otro lado toda una orquestación, una pintura musical que se desarrolló, creo que una de las pocas veces en este ciclo y con este calado técnico, de memoria (¡de principio a fin!).
Pianísimos arriesgados en este ámbito, para llegar a ese “momento Parsifal” de la Sonata… (cuyo adelantado efecto tímbrico se beneficia más de la sonoridad pianística) y se rubrica con final íntimo (quizás menos misterioso y perturbador que en el original al piano), y… todo sea dicho, clavando el tiempo estipulado (de una hora) para estás actuaciones.
Luis Mazorra Incera
Nathan Laube, órgano.
Obras de Bach y Liszt (arr. Laube).
CNDM / BACH-VERMUT. Auditorio Nacional de Música. Madrid.
Foto © Rafa Martín