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Crítica / La imparable Asmik Grigorian - por Francisco Villalba

Madrid - 02/12/2024

Aquella Marie de Wozzeck que había escuchado en 2017, Salomé en 2019 y Chrysotemis en Elektra en 2020, todas ellas en Salzburgo, sin que me causase una gran impresión, en Madrid este mismo año comenzó Asmik Grigorian a despertar mi interés ante una modélica interpretación de Rusalka.

Después, también en Salzburgo, he podido comprobar su versatilidad en los tres personajes femeninos de Il Trittico de Puccini, la Lady Macbeth de Verdi, y el año pasado la Polina de El jugador de Prokofiev. Su Suor Angelica fue soberbia, su Lady bastante menos y su Polina excelente, aunque le robó el protagonismo una Violeta Urmana en estado de gracia en el breve papel de la Babulenka. Todo esto a sabiendas de que hoy ocupa, creo que con razón, el olimpo de las sopranos más apreciadas de nuestros días. Su carrera parece imparable. Triunfa apoteósicamente en el Festival de Bayreuth en 2021 como Senta, en el Covent Garden su Butterfly es recibida como un verdadero acontecimiento, se enfrenta a la temible Turandot pucciniana y Tosca, del mismo compositor sin vacilaciones, y a Isabel de Valois de Don Carlo de Verdi. En todos estos últimos papeles ha recibido críticas elogiosas y se sabe que prepara ese Everest del belcanto que es Norma de Bellini e Isolde. ¿Quién puede pedir más?

En esta ocasión Asmik Grigorian, acompañada por el director húngaro Henrik Nánási, ha ofrecido un concierto muy interesante en su primera parte con composiciones de Mijaíl Glinka, Tchaikovski, el armenio Tigranian, el lituano Dvarionas, Rimski-Kórsakov y Dvorák, y en su segunda, más convencional, con obras de Puccini y Verdi.

El concierto comenzó con una vibrante interpretación del director Henrik Nánási de la conocidísima obertura de Ruslán y Liudmila de Mijail Glinka.

Las intervenciones de la soprano comenzaron con “Por qué estas lágrimas” de “La dama de picas” de Tchaikovski; ya con este aria se evidenciaron las virtudes de la cantante, perfecta afinación, cambios de registro sin el menor esfuerzo, agudos sin mácula, una voz media plena y graves suficientes. En fin, perfecta. Luego nos regaló “Una vez el sauce fue una joven doncella” de la ópera Anoush, la primera ópera que se representó en Armenia en 1912 del compositor Armen Tigranian, que quizá fue un homenaje a su padre, el famoso tenor Gegham Grigorian, también armenio. Una melodía bellísima con toques orientales. Y de Armenia pasamos a Lituania, su país de origen y el de su madre, la también famosa soprano, Irena Milkevičiūtė, y la escuchamos “La verdad, hoy no soy yo misma” de la ópera Dalia, otra joya ignota en nuestras tierras de Balys Dvarionas.

Tras la obertura de La novia del Zar de Rimski-Kórsakov, interpretada con verdadera pasión eslava por la orquesta a las órdenes de Herik Nánási, Grigiorian nos dio lo mejor, para mí, de la velada con la propina, el “Aria de la Luna” de Rusalka de Dvorák, una de las piezas verdaderamente mágicas compuestas para soprano y que la Grigorian desmenuzó musical e interpretativamente con una exquisitez fuera de serie. Nivel semejante logró con el aria de Kuma “Si contemplas desde las altas cumbres de Nizhny” de La Hechicera de Tchaikovski.

La segunda parte del recital comenzó con el Preludio del Tercer acto de Edgard de Puccini que Nánási resolvió con dignidad.

Sola,  perduta,  abandonata” de Manón Lescaut de Puccini parece haberse convertido en un aria a interpretar en sus recitales por toda soprano que se precie; desde el septiembre pasado se la hemos escuchado a Netrebko, a Radvanovski y ahora a Grigorian. Reconozco que es una pieza muy golosa para cualquier cantante ya que requiere, además de cantar, unas grandes dotes interpretativas. Grigorian la canta sin mácula y la interpreta correctamente, dadas sus excelentes dotes actorales, pero sin embargo no me logra conmover; le falta algo, su deseo de controlar cualquier exceso la lleva a crear una imagen bella pero fría. Algo similar le ocurrió con el “Un bel dì, vedremo” de Madama Butterfly de Puccini, con la que de nuevo demostró un nivel técnico de canto admirable, pero en su deseo de no caer en el sentimentalismo se inclinó por un distanciamiento a mi gusto excesivo.

Tras la magnífica obertura de La forza del destino de Verdi, interpretada por Nánási con un ímpetu muy “ruso”, cosa muy consecuente si se piensa que esta ópera se estrenó en San Petersburgo en 1862.

Grigorian entonces se embarcó en la grandiosa “Tu che le vanità” de Don Carlo de Verdi. De nuevo una lección de bien cantar, sin un fallo, sin problemas en ningún registro, aunque quizá me gustaría una mayor presencia de la voz en la zona grave. Pero en conjunto irreprochable.

Finalmente, como propina, Grigorian y Nánási con la orquesta, con una generosidad inusitada, nos ofrecieron la extraordinaria “Escena de la carta” de Evgueni Oneguin de Tchaikovski. Grigorian se mostró como pez en el agua en este repertorio; se nota que lo lleva en la sangre y lo cantó e interpretó de forma inenarrable.

Una grande a la que admiro pero que casi nunca me conmueve.

Francisco Villalba

 

Teatro Real, Madrid

Asmik Grigorian, soprano

Orquesta titular de Teatro Real

Director de Orquesta, Henrik Nánási

Arias y fragmentos orquestales de Mijaíl Glinka, Piotr Illich Chaikovski; Armen Tigranian; Balys Dvarionas; Nikolái Rimski-Kórsakov; Antonin Dvorak; Piotr Illich Chaikovski; Giacomo Puccini; Giuseppe Verdi.

 

Foto © Javier del Real | Teatro Real

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