Atraer nuevos públicos debería ser uno de los objetivos prioritarios de toda institución cultural. Lo es de L’Auditori de Barcelona, que presenta ciclos como el de “Tast d’orquestra”, que acerca la música sinfónica a través de la interpretación de una obra de esas que pueden calificarse de señeras o espectaculares. Otra opción es invitar a uno de los programas de la temporada a un artista ajeno a la escena clásica, pero con un tirón indiscutible. Es lo que hizo el pasado 29 de marzo la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya (OBC) con Sílvia Pérez Cruz, una cantante muy querida en tierras catalanas. L’Auditori se llenó de un público dispuesto a aplaudir a la intérprete.
Ahora bien, Sílvia Pérez Cruz no fue a cantar sus propias canciones arregladas para orquesta, sino a participar en el estreno mundial de una obra de Feliu Gasull, Domini màgic. Y ahí empezaron los problemas. Por un lado, por la incomodidad del compositor, obligado a escribir para un tipo de voz y un estilo que nada tienen que ver con el suyo, lo que provocó una disociación total entre la parte orquestal, de rítmica abrupta y afilada, y bastante monocorde de expresión, y la parte vocal, cuya vocación popular era claramente impostada. Por otro, por la incomodidad de la propia intérprete, que debía bregar con lo que, en sus propias palabras, era “lo más difícil que había cantado nunca”. El resultado fue una obra en cuatro movimientos que pretende ser una evocación de la naturaleza, pero que no convenció ni a los fans más incondicionales de Pérez Cruz. La necesidad de amplificar la voz, además, contribuyó a desnaturalizar más aún la propuesta.
Tampoco se entendió la necesidad de contar con un narrador, el poeta Enric Casasses, tan fuera de contexto como la cantante. Su papel se limita a declamar un aforismo suyo en el primer movimiento (“La inspiració és quan tot fa muntanya, atacar la més alta”; algo así como “cuando todo se vuelve cuesta arriba, apunta a la cima más alta”) y a recitar, de manera neutra y desganada, los dos poemas populares cantados en los movimientos segundo y tercero, y con algo más de intención, otro de Joan Vinyolí, base del movimiento final.
Sílvia Pérez Cruz es, dentro de su repertorio, una gran intérprete, y lo demostró en la propina, Vestida de nit, una habanera compuesta por sus padres y que cantó acompañada por un quinteto de cuerda. Probablemente, un compositor como Albert Guinovart, que a lo largo de su carrera ha demostrado moverse con facilidad en diferentes estilos y lenguajes, habría sabido sacar mejor partido de su arte.
Al frente de la orquesta, Ludovic Morlot hizo lo que pudo por llevar a buen puerto una partitura con mucho contraste orquestal, pero poco carácter evocador y menos magia aún.
Dado que el público que se esperaba para este concierto no era el habitual (y ello se apreció en su obcecación por aplaudir entre cada movimiento de todas las obras), el resto del programa era de aquellos fácilmente asumibles. De inicio, se escucharon las Tres danzas españolas de Enrique Granados, en la orquestación de Joan Lamote de Grignon, que Morlot dirigió de manera aseada, sin acentuar el componente nacionalista. La segunda parte se abrió con Les illes Medes, de Juli Garreta, un poema sinfónico de aroma mediterráneo y sonoridades straussianas, que la batuta se aplicó a resaltar con pausa. Es una página valiosa, pero lo cierto es que se le hizo flaco favor emplazándola justo antes de La Mer de Debussy, esta sí, una obra maestra absoluta y una obra en la que Morlot, nunca mejor dicho, se mueve como pez en el agua. La suya fue una versión modélica en lo que a planificación y transparencia sonora se refiere, de modo que todo lo que de impresionista y evocador tiene la partitura quedara bien resaltado. La OBC, muy renovada en su sección de cuerda, respondió a nivel óptimo.
Juan Carlos Moreno
Sílvia Pérez Cruz, voz; Enric Casasses, narrador.
Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya / Ludovic Morlot.
Obras de Granados, Gasull, Garreta y Debussy.
L’Auditori, Barcelona.
Foto © May Zircus