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Crítica / La Orquesta de València en el mundo de Hosokawa y Takemitsu - por Joan Gómez Alemany

Valencia - 02/04/2025

No son muchas las programaciones de los auditorios españoles que dedican un concierto al compositor más prestigioso e importante ahora mismo en Japón, Toshio Hosokawa, junto al que fue uno de sus mentores y de los más reconocidos que la música contemporánea ha dado, Tōru Takemitsu. Ambos compositores se escucharon este 28 de marzo de 2025 en el Palau de la Música de València, interpretados de manera brillante por la Orquestra de València bajo la batuta de su director titular, Alexander Liebreich. Este memorable y excepcional concierto fue recibido de manera emotiva por un numeroso público, que apuesta por la música de nuestro tiempo.  

En el Palau de la Música el compositor residente del año 2024/2025 ha sido Hosokawa, quien recientemente ha sido galardonado con el importante Premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA. El compositor viajó de Japón a la ciudad del Turia para escuchar sus obras: Meditación para las víctimas del Tsunami (2011) y Futari Shizuka - The Maiden from the Sea (2017). Entre estas dos se pudo también escuchar Archipelago S (1993) de Takemitsu, compositor a quien Hosokawa conoció personalmente y recibió una fuerte influencia, como explicó él mismo en el coloquio que se celebró antes del concierto. Resulta muy interesante vincular ambos compositores, porque, como se puede leer en las excelentes notas al programa escritas por el también compositor José María Sánchez-Verdú: «Si Tōru Takemitsu (1930-1996) ha sido el padre de toda una generación musical en su país, Toshio Hosokawa (1955) representa a la música japonesa del puente entre los dos siglos».

Los dos japoneses tienen una fuerte influencia de la música occidental aunque sin abandonar sus raíces natales, y por eso, crean un lenguaje intercultural de gran originalidad e interés fuera de todo "exotismos localistas". Sánchez-Verdú explica que «si en Takemitsu tenemos la herencia musical impresionista y francesa, en Hosokawa encontramos la profundidad de la música centroeuropea. Hosokawa se formó en Alemania, y entre sus maestros destacaron el norcoreano radicado en Berlín, Isang Yun (1917-1995) y posteriormente, en Friburgo, Klaus Huber (1924-2017) y Brian Ferneyhough (1943)».

En el concierto todas las obras de forma coherente trataban sobre el mar y el agua. Metafóricamente, Nieves Pascual León (Subdirectora de Música del Palau de la Música e Intendente de la OV) relacionó en el coloquio la tragedia del Tsunami en Japón con la reciente DANA ocurrida en València, resaltando la fuerza del agua y el cataclismos que puede generar. En ese sentido, Hosokawa también comentó que su música puede expresar la violencia de la naturaleza, aunque generalmente busca la armonía y la belleza. Se ha de tener en cuenta que el compositor nació en Hiroshima, y como relató, es muy sensible a las catástrofes porque sus padres sufrieron las consecuencias de la bomba nuclear. Recordemos ahora otras obras musicales que tratan sobre la tragedia atómica, como Nagasaki (1958) de Alfred Schnittke, Treno a las Víctimas de Hiroshima (1960) de Krzysztof Penderecki o el mismo  Hosokawa en Voiceless Voice in Hiroshima (1989-2001).

El tercer miembro que participó en el coloquio (junto a Toshio y Nieves), fue el director Alexander Liebreich, quien comentó la relevancia del agua que rodea Japón. Esta nos sirve como metáfora de la calma y la amenaza, que el titular de la OV relacionó con la importancia de respetar la naturaleza y tener una fuerte conciencia ecológica. Hay que recordar que el Tsunami de 2011 ocasionó en la central de Fukushima el peor desastre nuclear después de Chernobyl en 1986.

La primera obra del concierto, Meditación para las víctimas del Tsunami, fue estrenada por el mismo Liebreich y la Tongyeong Festival Orchestra. La composición se inicia de manera sutil empezando con unos pizzicatos de la cuerda grave que rompen el silencio y lo acarician con su prolongada resonancia. Hosokawa en el coloquio resaltaba su gran interés por este fenómeno, que no concebía como una oposición al sonido, sino que todo era lo mismo en una especie de Yin Yang. Para él es posible escuchar silencio en el sonido y viceversa, recordando las ideas de John Cage, un compositor muy influenciado por la cultura japonesa. La Meditación continúa creciendo y llega a un pequeño clímax con dos golpes a solo realizados por dos bombos o gran cassa, que detienen el discurso sonoro creando pausas dramáticas. Este momento, que recuerda a los iniciales pizzicatos de las cuerdas, prosigue con un solo de flauta alto que mientras realiza motivos melismáticos y algún multifónico, sobrevuela por encima de la orquesta. Posteriormente esta cobra más fuerza y engulle al instrumento solista, disolviéndolo en la marea sonora hasta que su frágil voz desaparece. La orquesta como olas va construyendo una forma musical que va y viene, sin generar una definida orientación o fuerte clímax. De esta manera se enfatiza lo cíclico tan afín a la cultura oriental, frente al progresismo direccional de la cultura occidental. La composición termina con una muy sutil resonancia metálica de la percusión que claramente recuerda al agua.

Hemos de tener en cuenta que esta obra es una meditación, por eso, hay momentos de gran contemplación y nunca llegamos a un punto culminante o éxtasis sonoro. Estamos muy lejos de la "tempestades" románticas de la Sinfonía nº 6 de Beethoven o los inmensos clímax postrománticos como los de Richard Strauss en Eine Alpensinfonie. Hosokawa no busca crear una música descriptiva o una "pintura sonora", sino una composición reflexiva para no caer en efectismos que pudieran "sentimentalizar" o incluso distorsionar la tragedia del Tsunami. Su aproximación es distante, respetuosa e inteligente, sin una violencia explícita que se prolonga hasta la "agonía", ya que los hechos a los que se refiere su obra fueron bien reales, y no pertenecen a una ficción, fantasía o "capricho" del creador.

La segunda obra del concierto, Archipelago S de Takemitsu, contrasta de manera interesante con la anterior, generando como un bello intermezzo entre las dos composiciones de Hosokawa. Mientras que la primera era para una orquesta sinfónica que construía sus sonoridades principalmente por estratos sonoros y texturas que crecían y decrecían, la obra de Takemitsu es para ensemble grande u orquesta de cámara, enfatizando el carácter solista de los instrumentos. Como escribe Sánchez-Verdú en las notas al programa: «"S" es la letra inicial de tres espacios definidos por su articulación en torno al mar y las islas, incluyendo archipiélagos: son el Mar interior de Seto, en Japón, y las ciudades de Estocolmo (Stockholm) y Seattle, todos ellos constituidos por superficies de agua e islas, y todos unidos bajo la letra «S». La idea musical de Takemitsu, además, se hace espacio: la orquesta se divide en cinco grupos instrumentales y se sitúan en la sala como un archipiélago».

Como ya se apuntó en este texto, Takemitsu se influencia del impresionismo musical francés y es inevitable citar algunos de estos y otros ejemplos que también tratan el tema acuífero, bastante recurrente en la historia de la música y tratado de maneras muy diversas. En la órbita francesa tenemos ejemplos célebres como La Mer (1905) de Claude Debussy o Jeux d'eau (1901) de Maurice Ravel, pero también podemos señalar otros fuera de Francia, como Música acuática (1717) de Georg Friedrich Händel, A Sea Symphony (1903-1909) de Ralph Vaughan Williams, Las oceánides (1914) de Jean Sibelius, Water Walk (1959) de John Cage, Water Music (1998) de Tan Dun o Become Ocean (2013) de John Luther Adams.

Archipelago S pertenece al último período creativo de Takemitsu, que refleja un lenguaje más conservador y melódico en comparación a su etapa anterior, mucho más influenciada por la vanguardia. La gran experiencia en la música cinematográfica de Takemitsu componiendo bandas sonoras para un número alrededor de cien películas, también muestra la gran maestría del compositor al producir atmósferas y sonoridades que enseguida nos transportan a imaginarios visuales. Como muchos artistas japoneses, Takemitsu también trabajó la tragedia atómica en la banda sonora de Black Rain (1989), película dirigida por Shôhei Imamura. Se conoce como "lluvia negra", esa es la traducción del título, el fenómeno meteorológico ocasionado por la radiación nuclear. Una "agua sonora" creada por Takemitsu en el filme, muy contraria a la agradable y bella música que despliega en Archipelago S.

Una de las características más originales en esta segunda obra del concierto es la espacialización de los músicos, situando un clarinete en el extremo derecho e izquierdo de la sala. Mientras que Hosokawa opta por una construcción musical por capas o masas que generalmente fusionan los timbres entre sí; Takemitsu opta por un planteamiento donde cada fuente instrumental es muy reconocible, entre otros motivos, por el uso de la espacialización  y la utilización de melodías que delimitan cada contorno sonoro. También apuesta por una textura puntillista gracias al uso de instrumentos como un harpa, una celesta y dos percusionistas, que tocan entre otros instrumentos, un vibráfono, glockenspiel y campanas. Todo esto produce en varios momentos de la obra, como al inicio, campos sonoros que recuerdan pequeñas gotas de agua flotando en el aire. Además, la música es casi siempre lenta y diáfana, resaltando una idea anti-dramática contraria al expresionismo subjetivo. Esto se asocia a la filosofía zen que busca vaciar al "yo", para poder ser capaz de apreciar la naturaleza y lo externo al individuo, rechazando sus ansias y anhelos.

Con estas breves pinceladas podemos ubicar la belleza de Archipelago S que consiguió una excelente interpretación por parte de los solistas de la orquesta y la dirección de Liebreich. Se ha de tener en cuenta que nos situamos ante una composición sumamente delicada y desnuda, donde el mínimo error se detecta fácilmente y no se camufla en la masa opulenta de la gran orquesta.

La última obra del concierto y estreno en España fue Futari Shizuka - The Maiden from the Sea de Hosokawa, resultando la más larga del concierto (aproximadamente 40 minutos) por tratarse de una ópera semi-escenificada. Con una instrumentación a mitad camino entre la primera y la segunda obra (no estamos ante una orquesta plena pero tampoco con un solo miembro de cada familia instrumental, sino que existen algunas duplicaciones), cuenta además con tres percusionistas que dan variedad e interés tímbrico a la composición. La gran diferencia es que ahora hay dos cantantes femeninas, de voces contrastantes y que representan cada una mundos sonoros y culturas diferentes. La voz de la ucraniana Christina Daletska, quien representa una refugiada, Helen, nos transporta al mundo de la música clásica occidental, aunque no al de la ópera habitual ya que su estilo es más bien monódico con un canto generalmente de breves intervalos motívicos y con recitados. Por otro lado, representando el personaje de Shizu está la japonesa Ryoko Aoki, especialista y pionera femenina en el canto del teatro Noh (reservado exclusivamente para hombres), que realiza las técnicas propias de la música del género nipón.

El texto versificado de la ópera es en inglés y japonés, aunque durante su representación por medio de una proyección podía leerse traducido en valenciano y castellano. La historia de Futari Shizuka está ambientada en el mar (como puede leerse en las notas al programa que contiene el libreto) y trata de la dualidad, de los refugiados y la relación entre lo terrenal y lo espiritual. Todo ello narrado en un diálogo reflexivo y sin acción, que rememora el pasado de los dos personajes, sus avatares y desgracias con sus parejas e hijos. Una trema melodramática con texto del compositor, a partir de uno escrito por Oriza Hirata, que transcurre entre el sonido del agua y la elegía de la memoria pasada. Estas bellas palabras pronunciadas por Shizu hacia el final, nos pueden servir de ejemplo: "La nieve cubrirá tus huellas. / Destruirá tu pasado".

La ópera tenía algunos pequeños elementos de vestuario e iluminación para transmitir la atmósfera y unirse con la música, que generalmente acompaña el canto ambientando la escena. Shizu tenía un vestuario completamente blanco que cubría todo su cuerpo como si se encontrara en una zona helada, además de que su iluminación generalmente era fría o azul, enfatizando su realidad "supra-terrenal". Por contra, Helen tenía un vestido normal, ligero y elegante, que se iluminaba con una luz cálida o anaranjada. Con estos pequeños detalles el espectador enseguida caracterizaba a los personajes que se movían mínimamente en el escenario, al estilo del estatismo y rigidez del teatro Noh.

La música de la ópera, estilísticamente parecida a la primera obra del concierto, presenta por su extensión una gran variedad de recursos musicales. Podemos encontrar un momento muy minimalista (propio del arte japonés), cuando Shizu realiza por medio de un abanico dorado una danza acompañada por la percusión y la flauta travesera, que por su sonido de aire tendido recuerda la flauta japonesa shakuhachi. En el otro extremo, hay momentos de gran densidad orquestal generando sonoridades ruidosas e inexistentes en la primera obra del concierto, que semejan la música del amigo de Hosokawa, Helmut Lachenmann. También es interesante resaltar que Hosokawa, todo y que se inspira en Japón, no busca recrear este desde sus mismos instrumentos (como el citado shakuhachi, o la biwa, koto, etc.), sino que en un gesto "desterritorializador" recrea la cultura de su tierra natal desde la orquesta occidental.

Una vez más, The Maiden from the Sea nos revela la idea de lo cíclico, con un inicio y final que riman entre sí. Al principio veíamos a Helen acostada en el suelo y levantándose poco a poco, al final realiza el camino inverso. Por otra parte, como un espíritu Shizu no estaba presente en el escenario y sin darnos cuenta aparece una vez empezada la ópera, por eso, antes del final ella se desvanece y se vuelve invisible. La música nacía desde el silencio con una iluminación muy tenue, y termina abrazando de nuevo el silencio para sumergirnos otra vez en las tinieblas. El mismo texto de Helen incide en lo circular de la obra, que como perpetuas olas eternamente se repiten. La cantante al comienzo y en la conclusión pregunta: "¿De dónde vengo? / ¿Adónde voy?

Las pocas palabras que una reseña de concierto permiten, no son capaces de profundizar en el misterio de esta larga obra, que una vez más por su éxito en el público, nos sorprende que este tipo de música no se programe con más frecuencia. Las razones que uno piensa son en la incompetencia de los habituales gerentes y programadores, su profunda ignorancia respecto a la variada y rica Historia de la Música, o su absoluta fe ciega en la mercadotecnia más banal. El Palau de la Música ha sido valiente y a diferencia de otros auditorios, con su excepcional y muy original concierto, dejará una imborrable huella en muchos de los que asistieron y marcará un hito en su historia y orquesta. 

Joan Gómez Alemany

 

Orquestra de València.

Solistas: Ryoko Aoki, Christina Daletska.

Director: Alexander Liebreich

Obras de Takemitsu (Archipelago S) y Hosokawa (Meditación para las víctimas del Tsunami  y Futari Shizuka - The Maiden from the Sea)

28 de marzo de 2025 en el Palau de la Música de València

 

Foto © Live Music Valencia

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